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Miredhel Annariel [userpic]
Amistad y Pasión
by Miredhel Annariel (m_annariel)
at July 26th, 2006 (09:38 pm)
calm

current location: Mi casa
estado de humor: Calmada
current song: Ravi Shankar



Título: LA HOJA DEL GRAN BOSQUE VERDE III: Amistad y Pasión 
Autora: Annariel 
Pareja(s): Varias 
Advertencia(s): Slash. NC-17. 
Disclaimers: Los elfos pertenecen al Maestro Tolkien, yo solo los pido prestado por un rato. Excepto por Annael, Sirion, Sadorell, 
Tathrenlas, Miredhel y otros nombres que no conozcan, esos son todo míos. 
Sumario: Años de tranquilidad donde Legolas Thranduilion, experimenta y explora los placeres de la vida, y profundiza amistades 
recién hechas con elfos fuera de su reino. También conoce al misterioso Mithrandir. 



 Fic Index


Amistad y Pasión

Parte 4.1



31 de Hriive del año 2505, mañana del solsticio de invierno, Reino del Bosque.




Alegre risa recibió a sus oídos, antes de que una encantadora visión recibiera a sus ojos.  Saelbeth, uno de los confiados guardias del rey Thranduil, sonrió tiernamente al ver al joven elfo que andaba buscando riéndose estrepitosamente y rodando su cuerpo sobre la mullida alfombra de la biblioteca del Rey del bosque.


Sus brillantes ojos contemplaron cálidamente por unos momentos más la tierna escena, antes de aclarar su garganta renuentemente. “Annael, ¿Se puede saber que es tan divertido que hace necesario que te comportes como un elfito de tan solo una década?”


Viéndose sorprendido pero no en lo menos contrito, Annael trató de controlar su risa, mientras se incorporaba a medias del suelo, sentándose. Una mano enjugando las lágrimas de hilaridad que resbalaban por sus mejillas, y la otra ondeando un trozo de papel al aire, como si esa fuera toda la explicación que necesitaba el otro elfo.


Y aparentemente era, ya que Saelbeth se acercó al joven elfo, tomando una silla cerca de él y sonriendo conocedoramente. “Por lo que veo sigues releyendo la primera carta del joven príncipe, no importa que te haya llegado una segunda, una tercera o una cuarta.” Dijo mientras tomaba asiento en la silla al lado de un sonriente Annael.


“No puedo evitar sino leerla de vez en cuando,” dijo el joven elfo con una enorme sonrisa en el rostro, contemplando el papel en sus manos que ya presentaba una apariencia muy arrugada. “ya que en ella se habla de mi pronto viaje a los Salones Oscuros.” Agregó dejando escapar una risita. “Hasta ahora no puedo creer que Las realmente haya saludado al Señor de Imladris de la manera que le dije.” Concluyó soltando una estrepitosa carcajada, a lo cual Saelbeth no pudo menos que sonreír.


Por ahora más de la cuarta parte del reino del Bosque sabía lo que le había acontecido a su joven príncipe al conocer por primera vez a Elrond de Imladris.


En su primera correspondencia con su hogar vía Avorn, Legolas había enviado una carta a Annael en donde le contaba lo ocurrido y le decía que a su regreso esperara graves represalias. El joven hijo de Sirion había reído por días enteros, y se lo había contado a Miredhel. La elfita había disfrutado de la ocurrencia de su amigo, y en una de sus prácticas con el mayor de los príncipes, ya que se había decidido a aprender el uso de la espada en vez de las cuchillas gemelas, le había contado lo que le había sucedido a Legolas.


Tathrenlas no pudo parar de reír ese día por lo ocurrido con su pequeño hermano y se suspendieron las prácticas para la elfita, quien fue a su padre, Sadorell. Este le preguntó porque llevaba una gran sonrisa en el rostro, la cual portaba al ver reír tanto a su príncipe, a lo que Miredhel contó a su padre lo que le había pasado a Legolas.


Sadorell rió de buena gana ese día, y al reunirse con el rey no pudo menos que comentarle el hecho a Thranduil. El rey no sabía nada del asunto, y tarde Sadorell se dio cuenta de eso, y fue con un gran ceño que el rey elfo recibió a Sirion cuando este se apareció ante ellos. Sirion tampoco sabía nada del asunto, como Thranduil y Sadorell pudieron darse cuenta al verlo enrojecer en embarazo en nombre de su hijo, y prometió a su rey reprender sonadamente al atrevido Annael.


Por su parte Tathrenlas le comentó el hecho a un par de sus mejores amigos, quienes no pudiendo guardar el secreto le comentaron a otro par de amigos más, y éstos a otro par más aún. Fue así que Saelbeth se llegó a enterar del desafortunado evento, y fue presuroso para informarse de la misma fuente. Annael le había confirmado la verdad de los hechos, y Saelbeth lo había regañado ya que el joven príncipe Legolas representaba en ese momento a todo el reino del bosque y a su padre y rey. Debidamente arrepentido por el regaño de Saelbeth y más tarde por el de su padre, el joven elfo se fue a dormir temprano ese día. Más al día siguiente, todos pudieron ver una enorme sonrisa en su rostro, y era que había vuelto a releer la indiscreta carta.


De más esta decir que Annael le había dicho a Miredhel que no lo contara a nadie, y que el príncipe Tathrenlas estaba esperando ansiosamente el regreso de su hermanito para reírse en su cara.


El rey estuvo por varios días mirando con un profundo ceño al joven elfo, pero un día le pidió a Annael mismo que le leyera la famosa carta que le había enviado su hijo. Esa noche Thranduil durmió con una gran sonrisa en su bello rostro soñando de su pequeño HojaVerde.

Viendo que el joven elfo se estaba calmando, Saelbeth aclaró su garganta una vez más para atraer la atención del elfito. “Nael, tu padre me envió a buscarte. Pide tu ayuda para sacar la nieve que cayó en abundancia la víspera. El claro del bosque debe lucir su mejor para la celebración de esta noche.”


Oyendo que el asunto era importante, Annael se incorporó borrando toda traza de hilaridad de su rostro mientras guardaba con el más sumo cuidado la carta que hace un rato le había traído mucha alegría. Saelbeth notó como la metía en su bolsillo con cuidado. “Hay trabajo por hacer entonces,” dijo Annael con un fingido suspiro, “Ojalá no seamos los únicos aclarando la nieve porque sino no lo haremos a tiempo para la noche.”


“Varios se han ofrecido para ayudar. Hasta Mir dejó su práctica con la espada y a tomado una pala.” Saelbeth sonrió al ver el brillo en los ojos de su joven amigo.


“¿Mir? Esa debe de ser una visión en verdad, ya que por nada en el mundo antes se perdía una de sus prácticas con el príncipe Tathrenlas.” Annael cogió de uno de los brazos a Saelbeth, y juntos salieron de la biblioteca y empezaron a hacer su camino por los pasillos del palacio subterráneo. Más de pronto Saelbeth notó que el brillo en los ojos del joven elfo a su lado disminuyó un poco. “Cuanta falta nos hace Silinde en momentos así, ojalá vuelva pronto.” Comentó aparentemente indiferente, más no para los agudos oídos del joven guardia.


“Silinde regresará cuando regrese Legolas. ¿Acaso no extrañas a nuestro principito también?” Con un cierto dejo de tristeza en su voz, Saelbeth preguntó.


Un poco sobresaltado, recién pareciendo haberse dado cuenta de lo que había dicho, Annael miró de reojo a su amigo. “Claro que extraño a Las. Solo quise decir que más manos no sobrarían hoy, y que se extraña la presencia de queridos amigos.” Incómodamente soltando el brazo de Saelbeth, Annael se apresuró a cruzar las grandes puertas y a dirigirse al gran claro en frente.

 

El joven guardia desaceleró sus pasos y observó como el elfito cogía una pala y se unía a la gente que ya había empezado a aclarar la nieve del lugar. Saelbeth lo observó por un poco rato, y con un pesado suspiro y un sacudimiento de su hermosa cabeza avanzó para coger una pala también, y así ayudar a limpiar el sitio elegido para la celebración del solsticio de invierno.


Girando su cabeza un poco, el guardia pudo ver a su rey distraídamente mirando los procedimientos. Pero para más conocedores ojos, la mirada del rey delataba una profunda melancolía.

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31 de Hriive del año 2505, mañana del solsticio de invierno, Santuario de Imladris.



“Llevaste a Legolas a tu cama.”


No era una pregunta, sino una afirmación.


Elladan sintió una enorme sonrisa estirando sus finos labios, las palabras haciéndole recordar esa específica noche, y pensar en que no fue él exactamente quien llevó a Legolas a su cama, sino el joven elfo quien lo llevó a su misma cama. Un estremecimiento lo recorrió en el pensamiento, el medio elfo alcanzando a dominar el exterior temblor en su cuerpo a fuerza de voluntad. Tomando en sus manos la capa que había ido a buscar a su habitación para protegerse del frío de la mañana, Elladan giró para mirar a su hermano quien lo había acompañado. “Es cierto lo que dices. ¿Legolas te contó?”

“No. ¿Desde hace cuanto duermen juntos?”


Tirando la capa sobre sus hombros, el mayor de los gemelos levantó una ceja en extrañeza ante el aparentemente desapegado tono de voz que estaba utilizando Elrohir con él. “Desde hace dos noches, y sólo fue una vez.”


Elrohir lo miro fijamente a los ojos por un momento como si tratando de leer la verdad en sus ojos, dando luego un leve asentimiento de cabeza en certidumbre. Los ojos de Elladan se amplificaron levemente. Nunca su hermano gemelo había dudado de él.

“Volvamos a los jardines. Adar y naneth deben de estar preguntándose donde nos hemos metido después de que han solicitado nuestra ayuda con las decoraciones para la noche.” El más joven de los gemelos giró para retirarse, más una mano en su brazo lo detuvo justo antes de que alcanzara la puerta.


“No te molesta que haya dormido con él. ¿Verdad?” Elladan preguntó cautelosamente, ante el extraño comportamiento del otro, volteando a Elrohir suavemente para poder mirarlo a los ojos. El otro peredhel lo miró solo por un momento antes de desviar la mirada.


“No he dicho eso.” Contestó Elrohir, deshaciéndose gentilmente de la mano de su hermano  y caminando por la habitación esquivando la gran cama en el centro. “Pero me intriga. ¿Desde cuando escoges jóvenes ellyn a las doncellas élficas y ocasionales mujeres humanas que solías preferir?”


“Sabes bien que dejando un buen tiempo me apetece probar más resistente carne, pero no cambia en nada mi inclinación por el más dulce género de nuestra raza.” Sus ojos siguieron la senda que su hermano hizo hacia una de los ventanales, la cristalina abertura abarcando desde el piso hacia el techo, y observó como su hermano miraba hacia las montañas desde detrás de las cerradas ventanas, dándole la espalda. Al ver que Elrohir aún no volteaba a mirarlo, añadió. “Legolas y yo solo pasamos un buen rato.” Un momento de pausa. “Además me dijiste que entre ustedes no había nada.” Al ver que aún no había reacción de su hermano, agregó “Aún lo hablé con Legolas, quien me dijo que ya no mostrabas interés en él, aparte ese de un amigo, desde su única vez juntos en el Reino del Bosque.” Preocupación tiñó los ojos de Elladan al pensar que sin querer había perturbado a su hermano.


Al escuchar las últimas palabras de su hermano, Elrohir giró rápidamente de su lugar frente a las ventanas, y con paso seguro se acercó avanzando hasta quedar frente a Elladan una vez más. “¿Le dijiste a Legolas sobre lo que te confié? ¿Le hablaste sobre lo que te pedí no contar?” La mirada de Elrohir destellaba reproche, y Elladan involuntariamente retrocedió un paso ante la acusación en las órbitas grises de su gemelo.

“No,” se defendió Elladan con vehemencia, sacudiendo su cabeza para dar más crédito a su negación. “Nunca haría algo así, muindor. Legolas lo mencionó en una de nuestras conversaciones, y es que hablábamos de las atenciones que recibíamos de otros. Él dijo que una vez ustedes habían dormido juntos, y yo le pregunté si seguían haciéndolo. Y me contestó que no, ya que no mostrabas continuado interés en él más allá de un buen amigo.”


“Y eso es verdad,” afirmó Elrohir, pasando al lado de su gemelo para llegar a la puerta. “Legolas tiene demasiados elfos que lo miran como un trofeo a ser ganado para que nosotros, ‘sus amigos’, le hagamos ese disfavor también.”


Los ojos de Elladan se amplificaron en sorpresa e incredulidad ante el sarcástico tono de su hermano. Más cuando volteó a toda prisa para reconvenir a su gemelo, solo el sonido de la puerta de su habitación al cerrarse respondió sus confusos pensamientos.

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La noche despejada dejaba brillar las estrellas y la luna en alto, si bien unos cuantos copos de nieve resplandecían sobre el follaje. El viento frío soplaba tenuemente mientras los habitantes del valle salían de sus casas para reunirse en celebración.


El sol estaba en su punto más al sur de la tierra, y la noche más larga del año había empezado. Los elfos levantarían su voz en canto en alabanza a la Dama de las Estrellas y su augusto esposo.


Los amplios jardines de Imladris estaban decorados espléndidamente. Los altos y robustos árboles rodeándolo vestían sus mejores galas gracias a las pacientes y artísticas manos de los elfos de la Casa de Elrond. Brillantes lámparas, guirnaldas de colores y frescas Siempreverdes adornaban sus ramas, pero lo que más llamaba la atención era un enorme árbol a quien le habían dedicado especial cuidado.


Un viejo roble era el elegido para ser el árbol del solsticio de invierno en el Valle Oculto este año, y sus frondosas ramas estaban adornadas espléndidamente con abundantes decoraciones luminosas y coloridas. Resplandeciente estaba el altivo y antiguo roble, con las centelleantes ramas que lo embellecían, y con orgullo portaba también dulces colgados de brillantes cintas, lo cuales tentaban grandemente a los elfitos, y unas cuantas flores de invierno también ornaban sus hojas.


Más a sus pies, el viejo árbol tenía varios paquetes de colores como ofrendas ante él, y muchos curiosos elfitos eran seducidos, vagando hacia el roble para hurgar entre los objetos, siendo prestamente alejados por vigilantes elfos mayores quienes tenían un precavido ojo sobre los pequeños.


Los regalos de las estación eran bien custodiados por el honrado roble.


La gente empezaba a llenar los amplios jardines y Elrond miró con aprobante ojo a su gente, bellamente ataviada, y los invitados del Bosque Verde, quienes se colocaron cerca de su familia. El medio elfo giró su cabeza para mirar a su plateada esposa, quien apretó una de sus manos y sonrió en dicha. “Más nieve.” Sus agudos oídos élficos escucharon a Celebrian susurrar, y alzando una elegante ceja en fingida irritación, que pronto se disolvió en una amorosa sonrisa, el señor elfo trajo la mano de su esposa en la suya a sus labios para un reverente beso.

Los reunidos liberaron sonidos de asombro y alegría al ver delicados y tenues copos de nieve comenzando a caer del cielo, y varios elfitos expresaron su regocijo girando y bailando con los brazos en alto bajo la blanca nieve.

Un pequeño montón de madera seca estaba en el centro de los reunidos, quienes formaban un círculo alrededor, y cánticos de dulces voces empezaron a oírse en el viento. 

Cogidos de la mano, la plateada señora y el oscuro señor de Imladris caminaron hacia el centro, hasta pararse al lado del montoncito de madera, dando la espalda al gran roble, y como si una vigorosa voz los comandara se hizo silencio en el claro. Todos atentamente mirando a los esplendidos señores. 




“Bienvenidos sean todos y buen encuentro bajo las estrellas de la Blanca Señora esta noche de solsticio de invierno.” La potente voz de Elrond se escuchó fuerte y clara, mientras sus ojos grises comenzaban a mirar a todos los reunidos, “Ha empezado la noche más larga del año. Desde este momento hasta que salga el sol, solo ithil alumbrará nuestro camino, y el fuego de la llama de anor arderá hasta que Arien regrese de su alejamiento desde el punto más lejano de Ea con el nuevo día.”

Murmullos de aprobación se oyeron de los elfos reunidos.

“Esta noche celebramos la oscuridad en Arda, y como, antes de que existieran el sol y la luna, Elbereth Gilthoniel adornó el manto oscuro del cielo con brillantes joyas para darnos amparo y alegría.” Continuó el noble señor, “Y bajo el generoso trabajo manual de Varda, nosotros vivíamos ensimismados con su regalo,” un elegante brazo se levantó para señalar hacia el cielo, y todas las miradas élficas se alzaron para contemplar las chispeantes constelaciones, “y de ahí se deriva nuestro nombre. Los Eldar, el pueblo de la estrellas. Aunque el sol sea resplandeciente y la luna brille en su más absoluto esplendor, siempre nuestra gente amará más el amoroso obsequio de nuestra Blanca Señora.”

Esta vez voces de anuencia podían escucharse en los jardines, y una que otra exclamación de júbilo y afirmación.

Una vez que las voces se acallaron, la cristalina y dulce voz de la Señora de Imladris se hizo oír ante todos. “Desde esta noche en adelante los días se volverán más largos y las noches serán más cortas, pero hasta que el sol brille de nuevo en el próximo amanecer, la llama de anor guardada desde días antiguos nos alumbrará en las celebraciones de esta noche.”

Y como si solo esperando esa pronunciación, un joven elfo apareció portando un gran leño encendido como una antorcha, el fuego fulgurante y firme, y con pasos ligeros se acercó hacia Elrond y Celebrian, y con una leve reverencia dejó la tea en manos del medio elfo. “Este fuego custodiado prenderá la fogata de la celebración. Y el honor de hacerlo recae esta noche especial en un joven elfo visitante de un reino lejano de más allá de las Montañas Nubladas.” Los azules ojos de la plateada señora de Rivendell giraron hacia donde estaba la pequeña delegación del Bosque Verde, y la mirada de todos los presentes siguió la guía de la dama.

Legolas, que aún seguía con los ojos fijos en las estrellas encima, y pensando que nunca en su vida las había visto tan brillantes como en Imladris, y en especial esta noche; bajó sus ojos al sentir que el silencio se había hecho en la reunión, solo para ver la chispeante mirada de Celebrian y los divertidos ojos de Elrond posados sobre él.

Celebrian soltó una risita al ver la sorpresa reflejarse en el fino rostro del joven elfo silvano, y extendiendo una hermosa mano hacia el hijo de Thranduil, la que no estaba en la afectuosa sujeción de la mano de su esposo, lo invitó a acercarse. “Ven a nosotros, joven príncipe del Bosque. Ven a nosotros y se el portador del fuego de la vida y la esperanza.”

Con un leve y animoso empuje de Andríl a su espalda, Legolas hizo su camino con lentos y deferentes pasos hacia la plateada señora y el oscuro señor. Y mientras el Dorado Príncipe empezaba a andar, los elfos de Rivendell comenzaron a entonar el favorecido himno a Elbereth. Los Noldor alzando sus voces en alabanza a Varda. La voz de Glorfindel podía escucharse vibrante y alegre, la de Erestor baja y melodiosa, los gemelos peredhil exuberantes y la de los pequeños elfitos ligeramente chillonas y jubilosas.

A Elbereth Gilthoniel

silivren penna míriel

o menel aglar elenath!

Na-chaered palan-díriel

o galadhremmin ennorath,

Fanuilos, le linnathon

nef aear, sí nef aearon!”


Su ligera capa ondeando al viento, las mejillas del principito eran un leve carmín, si por el frío del aire o por sentir todos los ojos sobre él, no podría decirse. Su dorada cabeza estaba coronada con una guirnalda de verdes hojas y rojas bayas, como era costumbre en los elfos silvanos en sus celebraciones, y mientras se acercaba hacia Elrond y Celebrian una leve sonrisa de entusiasmo afloro a sus suaves labios.


Llegando frente a los señores de Imladris, Legolas tomó la ofrecida mano de Celebrian, y en un galante gesto propio de los reyes de antaño, se dejó caer en una rodilla y depositó un apenas sentido beso sobre la blanca y graciosa mano de la plateada señora, quien rió coquetamente como una doncella recién entrada en su mayoría ante la acción del joven príncipe. 

Elrond arqueó una oscura ceja.

Una vez que el joven elfo se levantó a sus pies, Elrond le entregó la antorcha. “El fuego de anor esta en tus manos, joven príncipe. Todos confiamos en ti para que el pequeño fuego en tu posesión surja y crezca, así que pueda proveer suficiente luz para todos los presentes por todo un año por venir.”

“Es un alto honor el que me confieren, amables señores.” Contestó solemnemente Legolas con una leve inclinación de cabeza en señal de respeto.

El aire frío y la rala nieve aún cayendo amenazaba con apagar el fuego de la importante tea, y Legolas se preguntó fugazmente como él no había visto la llama vacilar mientras la antorcha estaba en las manos del señor del Valle Oculto.

Temeroso de que el fuego pudiera apagarse, y sin atreverse a pensar en las consecuencias de ello, Legolas se apuró a girar hacia la pila de madera en el suelo al lado de Elrond, y cuidadosamente empezó a prender el fuego con la débil llama que le habían otorgado.


Ardua tarea resultó ser, ya que la madera, antes seca, había sido humedecida por la nieve, que aunque poca, caía del cielo. Pero siendo como era Legolas, un elfo del bosque, recurrió a su ingenio, y dentro de poco un fuego empezó entre los leños, que atizados por la fina mano del principito, con los demás leños, pronto estalló en vivas y alborozadas llamas resultando en una hermosa hoguera.


Gritos de júbilo y alegría estallaron alrededor de ellos, y la plateada señora se acercó al joven príncipe para depositar un cariñoso beso en una artísticamente formada mejilla.

Elrond volvió a arquear una oscura ceja.

“Ve y reparte el fuego que has creado, Legolas. Se ahora el proveedor del fuego para todos.” Y agarrando un nuevo leño de la fogata, la antigua antorcha olvidada entre las llamas, el Dorado príncipe se acercó hacia un grupo de elfos, uno de ellos extendió una vela en su mano, y Legolas se dio cuenta de que ahora todos llevaban coloridas velas con ellos. El fuego de su nueva antorcha fue transferido a la vela, y la de la vela a otra vela, y así de mano en mano el fuego pasó y encendió las velas de todos los elfos en la celebración.


A medida que las velas eran encendidas, el ambiente se tornaba más ligero y alegre, hasta que pronto varias parejas danzaban al ritmo de la música en los jardines y varios elfitos corrían alrededor repartiendo deliciosos dulces que mayormente se quedaban con ellos. El vino y el aguamiel empezó a inundar el jardín y alegres risas podía oírse de un lado a otro del claro bajo las estrellas.

Dejando su antorcha en la fogata que ahora quemaba jubilosamente en el medio de todo, lanzando una dorada luz sobre el roble elegido, Legolas hizo su camino hacia sus amigos, quienes lo recibieron con buenos deseos y vino, contagiados del alegre humor de los elfos de Rivendell. 

Con una copa de rojo vino en una mano, y con una manzana endulzada en la otra, el joven príncipe relató el temor que sintió cuando pensó que el fuego no prendería, más fue interrumpido por una delicada voz hablando su nombre detrás de él. 

Girando, Legolas vio una desconocida y bella doncella de oscuros cabellos como la noche misma y ojos igual de oscuros. Galantemente el elfito inclinó su cabeza y se dispuso a preguntar en que podía ayudarla, cuando, sin ninguna advertencia, la doncella élfica se inclinó hacia delante, y unió sus labios con los del joven príncipe. Un contacto suave y ligero, pero un beso a pesar de todo. Terminó tan rápido como empezó, y antes de que Legolas pudiera reaccionar la doncella se estaba retirando apresuradamente con un tinte escarlata en las mejillas y riendo vergonzosamente.

Sacudiendo su dorada cabeza en confusión, Legolas giró su rostro para observar a sus amigos, quienes lo miraron igual de confundidos, y al voltear su cara de nuevo para ver por donde se había ido la pícara doncella, halló su rostro sujeto por una firme mano, y sus labios ocupados por una ávida boca con una lengua insinuándose por entre sus labios. Otra vez el beso fue corto, pero más intenso que el anterior, y cuando los sorprendidos ojos del Dorado Príncipe se posaron en su asaltante, vio la satisfecha sonrisa de un elfo guerrero, que estaba seguro había visto en algún momento en los campos de entrenamiento de Imladris. 

Con un informal saludo al príncipe, el elfo se retiró como si nada hubiera pasado, y Legolas pudo ver acercándose ahora tímidamente un hermoso pero cohibido elfo, quien le dio una vergonzosa sonrisa antes de inclinarse para rozar sus labios ligeramente con los de Legolas, y retirarse más rápido que el viento mismo.

Tan sorprendido estaba Legolas por lo que estaba ocurriendo, que no pudo moverse ni reaccionar, menos aún hablar antes de que aún otra doncella se acercara, dispuesta sin duda a hacer lo que los anteriores elfos habían hecho. Más cuando estaba parada frente al joven príncipe se detuvo, y su mirada no encontró la de Legolas, sino que miró detrás de él. Y sin decir nada, se retiró sin probar de los labios del aturdido principito.

Dos ligeras manos levantaron la guirnalda de su dorada cabeza, Legolas giró para ver a Elrohir sosteniendo en sus manos su corona de hojas vedes y bayas rojas, mientras una entre divertida y resignada sonrisa se dibujaba en los labios del hijo de Elrond. “Aquí en Imladris hay una costumbre, y es la de poder robar un beso de un elfo o doncella parado bajo el muérdago. Y tu, mi príncipe, estabas constantemente parado bajo el muérdago.”

La estrepitosa risa de Elladan pudo escucharse detrás de Elrohir, y fue acompañada por algunos de los elfos silvanos. Garandíl y Laífenass riendo abiertamente, mientras Andríl trataba de asfixiar su hilaridad, teniendo poco éxito. Y es que en efecto, la guirnalda que Legolas había colocado en su cabeza era muérdago de la estación.

El joven príncipe sacudió su cabeza en descreimiento. “Nosotros no tenemos esa costumbre en el Bosque Verde,” dijo Legolas, mientras miraba a sus amigos silvanos, quienes seguían disfrutando aún de su príncipe atrapado por las circunstancias. “¿O es que alguno de ustedes sabía?” preguntó el joven elfo, mirando cautelosamente a sus amigos ya que ninguno de ellos llevaba la cabeza decorada con muérdago. Acebo, Siempre Verdes, Poinsetia, entre otros, componían las guirnaldas de sus compañeros, lo que hizo que el joven elfo los mirara sospechosamente.

Más ellos negaron con la cabeza. Armereth negando firmemente, donde Garandíl y Laífenass podían solo sacudir sus cabezas efusivamente en negativa, por temor de que si abrían la boca solo una carcajada escaparía. Andríl solo atinó a enjugarse una lágrima de hilaridad que había escapado de sus hermosos ojos color esmeralda, y Silinde negando también el conocimiento de esa costumbre, y pensando para sí que si lo hubiera sabido, él hubiera estado robando el beso a su príncipe.

Al cabo de un rato ya habían olvidado el incidente, y los elfos silvanos junto con los gemelos hijos de Elrond, bebían y bailaban alegremente al ritmo de las canciones de los trovadores élficos guiados por Lindir, quien al bailar se movía como Este misma y era una verdadera visión para contemplar.


El vino fluía en abundancia en la celebración, junto con el dulce hidromiel, y Elrond levantó su copa en brindis y todos respondieron vaciando de un solo trago sus copas, solo para volverlas a llenarlas. Los elfos silvanos habían traído con ellos desde el bosque el potente Dorwinion para obsequiarlo al Señor de Imladris para la noche del solsticio. Más Garandíl y Laífenass habían hecho seguro que su pequeño grupo tuviera unas cuantas botellas del fuerte vino para ellos mismos la noche de la festividad, y fue así como los elfos silvanos se encontraron bebiendo como solo se acostumbra en el Bosque Verde, en grandes recipientes y con alegre risa, entonando sus himnos silvanos y bailando exóticamente como verdaderos niños del bosque.

El joven príncipe de cuando en cuando miraba ansiosamente a su descartada guirnalda de hojas y bayas de muerdago, que descansaba colgada del cinturón de Elrohir. Nunca el joven elfo había pasado una celebración sin una corona decorativa en la cabeza, como todos los elfos silvanos, y ahora por no haber conocido una costumbre del sitio el cual visitaba, tenía que abandonar su amada guirnalda. Sus ojos azul cielo fueron a las guirnaldas decorando la cabeza de sus amigos silvanos, quienes felices disfrutando de las festividades, eran inconscientes de las añorantes miradas de su joven príncipe. Con todo uno notó, y desapareció por un momento sin comentario alguno, al cabo de un rato volviendo con algo en sus manos.

El más joven gemelo se paró frente a Legolas ofreciéndole una hermosa guirnalda hecha de cintas de colores, y el joven príncipe le regaló una enorme sonrisa que hizo palidecer el brillo de ithil sobre ellos. Inclinando su dorada cabeza un poco, Legolas indicó su deseo de que sea el mismo Elrohir quien pusiera la colorida corona sobre sus cabellos, a lo cual el hijo de Elrond accedió con gracia, asentándola así que las coloridas cintas rodearan la frente del joven elfo, y varias sueltos fines cayeran ondeando a mezclarse con los dorados cabellos del príncipe del bosque.

Andríl y Garandíl y Laífenas aclamaron el noble gesto, más Elladan y en especial Silinde miraron cautelosamente a Elrohir. Armereth tranquilamente siguió tomando de su vino.

Ahora en mejor humor Legolas bebió y bailó en cantidad, lo cual fue observado por Andríl, quien advirtió al joven príncipe para que refrenara su entusiasmo por el Dorwinion, ya que el elfito era aún muy joven, y no había desarrollado una tolerancia al potente vino como la mayoría de los elfos en el Bosque Verde. 

Legolas lo había mirado con chispeantes ojos, si por el júbilo de las festividades o porque el Dorwinion ya estaba haciendo efecto Andríl no podía decir, y disminuyó su consumo. Más al cabo de un rato se alejó de su grupo poniendo rumbo hacia el Señor Elrond, quien se hallaba en otro lado con Glorfindel, Erestor y la Señora Celebrian, llevando una botella llena de Dorwinion con él en su mano, mucho para la consternación de Garandíl y Laífenas, la frustración de Andríl, la sorpresa de los gemelos y el desánimo de Silinde. Esta vez Armereth lucía divertida con las ocurrencias de su joven amigo.

Todos vieron que el Señor Elrond recibía al Dorado Príncipe con una arqueada ceja, ya que su esposa y su capitán parecían pelear por la atención del joven elfito. Legolas, inconsciente, volvía a rellenar su copa y brindar con Elrond quien no pudo menos que llevar la copa de hidromiel en su mano a sus labios en divertido saludo.

Con seguridad ya el joven príncipe del bosque parecía afectado por la potente bebida.

Ithil continuaba su viaje por el cielo nocturno, ya habiendo pasado su cenit, y los elfos de Imladris estimaron adecuado mandar a los más pequeños elfitos a dormir, no sin antes acercarse al viejo roble del solsticio y repartir los regalos apiñados a sus pies para sus niños. Muchos elfitos se alejaron de las celebraciones con enormes sonrisas en sus rostros, ya que varios llevaban más de un regalo con ellos. 

Fue con sorpresa que el principito silvano escuchó su nombre siendo llamado para acudir hacia el viejo roble, donde se repartían los presentes, y es que los regalos eran solo para los más pequeños elfitos, y él se consideraba ya todo un elfo adulto y príncipe guerrero. Entregando su copa con vino al elfo más cerca de él, quien pasó a ser Glorfindel y quien prestamente bajó el contenido por su garganta, Legolas hizo su un poco inestable camino hacia el árbol con un leve ceño adornando su sosegada frente; más en el fondo estaba secretamente entusiasmado de que en este solsticio, y aún lejos de su hogar, él iba a recibir regalos también.


Después de todo el príncipe del bosque era joven en años, un elfito a la vista de muchos aún, y apenas en su mayoría, pero si alguno le hubiera dicho eso, con seguridad el Dorado Príncipe se hubiera ofendido. 

Así fue que con un levemente incómodo semblante y vacilantes pasos, debido a su indulgencia de la dulce bebida de su hogar, Legolas llegó ante el roble elegido, quien contoneó ligeramente sus ramas en saludo balanceando sus adornos, lo cual hizo el ceño sobre la bella frente del elfito desaparecer y ser reemplazado por una deleitada sonrisa. Y cuando por fin miró a la doncella élfica que entregaba los presentes, ésta con una amplia sonrisa, depositó varios en las manos del sorprendido joven elfo.

“Pero…,” murmuró un asombrado Legolas, “¿Quien los manda?” preguntó tratando de acomodar los regalos en sus brazos, evitando con ajustado éxito que varios rodaran al suelo.

“No lo sé, mi príncipe.” Contestó la bella doncella, quien tenía una satisfecha sonrisa en su hermoso rostro, mirando anhelantemente la guirnalda de cintas que coronaba la dorada cabeza del joven elfo. “Solo sé que todos ellos tienen tu nombre escrito en ellos.”

A lo cual, Legolas solo pudo asentir y agradecer, haciendo su camino lentamente hacia el grupo de elfos silvanos.

La encantada risa de Elladan lo recibió, y las disimuladas risitas de Andríl y Garandíl también podían ser escuchadas. “¿Sucede algo?” preguntó Legolas defensivamente, mientras trataba de pelear un infantil puchero de aflorar a sus labios, con poco éxito, mucho para el deleite de Andríl.

“No, joven príncipe,” dijo Armereth con calmada voz, caminando adelante y tomando algunos regalos de los brazos de Legolas para ayudarlo. “Solo aparentemente algunos están celosos de no tener alguien que cuide de ellos lo suficiente para proveerles obsequios.” A esto la embromantes risas pararon, y esta vez fueron las risas de Elrohir y Silinde quienes celebraron las palabras de la fría doncella del bosque.

Legolas sonrió con agradecimiento a Armereth, y también a Elrohir y Silinde que tomaron algunos paquetes con ellos. Al final cada uno cogió uno de los obsequios y así pudieron hacer la cuenta de que los regalos llegaban a ocho. En su interior Legolas estaba impaciente por saber que contenían sus regalos, más continuó haciendo alegría con sus amigos mientras las estrellas de la Señora aún brillaban en el cielo.

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TBC en Parte 4.2