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Miredhel Annariel [userpic]
Amistad y Pasión
by Miredhel Annariel (m_annariel)
at May 10th, 2006 (11:31 pm)
grumpy

estado de humor: Renegona



Título: LA HOJA DEL GRAN BOSQUE VERDE III: Amistad y Pasión
Autora: Annariel
Pareja(s): Varias
Advertencia(s): Slash. NC-17.
Disclaimers: Los elfos pertenecen al Maestro Tolkien, yo solo los pido prestado por un rato. Excepto por Annael, Sirion, Sadorell, Tathrenlas, Miredhel y otros nombres que no conozcan, esos son todo míos.
Sumario: Años de tranquilidad donde Legolas Thranduilion, experimenta y explora los placeres de la vida, y profundiza amistades recién hechas con elfos fuera de su reino. También conoce al misterioso Mithrandir.

Fic Index




Amistad y Pasión


Parte 3


29 de Hriive del año 2505


Las hojas de los árboles en el santuario de Imladris empezaban a tomar recién un tono castaño, a pesar de lo avanzado del invierno en la Tierra Media, y comenzaban a caer en acrobáticos descensos hacia el suelo, llenando algunos pasadizos al aire libre con montoncillos de hojas secas que los alegres elfos del valle entusiastamente recogían, solo para que otros árboles derramaran su carga una vez más.

Las semanas pasaban, y Legolas, hijo de Thranduil, se había habituado a la tranquila vida del hermoso valle que lo hospedaba, y a sus habitantes que lo trataban con abierta amistad e genuino interés.

Sus días transcurrían en distintas actividades, ya bien sea en los campos de entrenamientos para guerreros, refinando sus habilidades y aprendiendo nuevas técnicas; en las casas de curación, donde aprendía bajo en el vigilante ojo de Elrond mismo lo básico del arte de la curación que no había pensando en aprender hasta ahora; cabalgando con los gemelos por el valle y entre los árboles o a lo largo de la ribera del río; en tranquilas conversaciones con la Señora Celebrian donde aprendía leyendas del Dorado Bosque y escuchaba noticias sobre amigos que conocía de Lorien, en especial de cierto capitán; o leyendo en la gran biblioteca en compañía del hermoso y muy serio consejero Erestor a quien ya contaba entre sus amigos. Parecía que siempre había algo que hacer en el valle oculto, y Legolas disfrutaba sus pacíficos días en compañía de nuevos amigos.

Aunque de vez en cuando Legolas acudía de noche, sin que nadie se percatara, a la cama del capitán de Imladris, eso tuvo que llegar a su fin al ser descubiertos por uno de los habitantes del valle. Una día Erestor, quien tardíamente deambulaba por los pasadizos desiertos, vio al joven príncipe abandonar la habitación de Glorfindel, con sus ropas un poco desordenadas, suficiente evidencia para ojos élficos sobre en que clase de actividades había estado empleado. Y aunque el consejero no había dicho palabra sobre su inesperado hallazgo en el momento, solo atinando a dar una leve inclinación de cabeza en reconocimiento al príncipe y Legolas sonrojándose un leve tono de rosado, después; Glorfindel y Legolas habían hablado, y habían decidido detener sus encuentros fortuitos hasta una más conveniente nota.

Fue así como el joven elfo silvano se halló pasando las noches tranquilo y durmiendo pacíficamente en su amplia cama del valle. No obstante los azules ojos del principito giraron hacia los demás habitantes de Rivendell, pensando en que era un tiempo de cambio y de tomar a un amante de cabellos oscuros que era lo que siempre le había atraído; y su mirada buscó entre los muchos elfos que giraban a su alrededor observando con interés. Más lo que el joven príncipe no sabía era que él era el observado y si no tenía elfos solicitando sus favores a cada paso que daba era por la intervención de sus dos gemelos amigos que prevenían que el elfito fuera asediado de como si una rareza se tratara.

Y por eso Legolas, príncipe de los elfos silvanos de más allá de las Montañas Nubladas, pasaba sus días en el valle en relativa paz.

Un par de semanas atrás el capitán de los Dunedain, Arahad, había partido con sus hombres, llevando provisiones para su gente al norte y así poder pasar el frío invierno. Desde tiempos antiguos Imladris había sido un refugio para la línea de Isildur, y eran tratados como parientes por Elrond y su familia, después de todo la línea de los Dunedain descendía del hermano gemelo del Señor del Valle, y Elrond nunca olvidaba.

Antes de partir Arahad había tenido una larga conversación con el Dorado Príncipe en los jardines de Celebrian, cosa que incomodó al principio a Legolas ya que el humano lo había hallado contemplando unas extrañas flores que nunca había visto. Había pensado que uno de los gemelos había sido quien había revelado su paradero al capitán de los Dunedain, pero más tarde se enteró que fue la Señora de Imladris misma quien había indicado al mortal donde hallarlo, ya que después Celebrian lo había mirado con una culpable y divertida sonrisa, el joven príncipe solo había sonreído resignado.

Partieron como amigos, Legolas y Arahad, y el joven príncipe entendió que no todos los Segundos Hijos de Eru estaban hechos del mismo molde, y que había sabiduría en las palabras del capitán al referirse a su vida y a su gente y su amistad con los elfos de Rivendell. Prometieron volver a encontrase algún día como amigos.

Legolas nunca más volvió a verlo.

Grandes festividades se preparaban en el hogar de Elrond Medio Elfo para la celebración del festival de solsticio de invierno tres días más tarde, y Legolas se dirigía a la Sala del Fuego para ayudar a sus amigos en las preparaciones, ya que en Imladris era una fecha muy amada por los elfitos de los Noldor.

Con ligeros pasos, el Dorado Príncipe cruzó amplios pasillos al aire libre, admirando la vista de las imponentes caídas de agua que nunca cesaban de maravillarlo. El aire era levemente frío, y varios árboles cercanos derramaron sus hojas al ver pasar al elfo silvano en saludo por un nuevo día.

Atravesando unos grandes arcos, sus pies lo dirigieron rumbo a su destino, más doblando una esquina, en un pasillo interior, fuertes brazos rodearon su cintura, infaliblemente atrapándolo, y jalándolo hacia una habitación convenientemente cerca y vacía. Antes de que el joven príncipe pudiera protestar o saber quien su captor era, sintió su espalda chocar con una firme pared antes de que suaves labios se posaron en los suyos, efectivamente silenciándolo y ocupándolo en un ardiente beso.

Un brazo del joven príncipe abarcó la cintura del otro, y una de sus manos fue a enredarse en una masa de oscuros y abundantes cabellos, mientras él abría ansiosamente su boca para profundizar el beso, empujando su sinuosa lengua vigorosamente, para invadir la boca del otro. Aunque sus ojos estaban cerrados, el joven elfo había reconocido a uno de los gemelos de Elrond como su asaltante.

Las semanas habían pasado en un juego de seducción entre el joven príncipe y el mayor de los gemelos de Imladris, habiendo comenzado ese día que ambos hacían su camino a los campos de entrenamiento. Elladan había ido varias veces de noche a la habitación del principito, solo para hallarla vacía, ya que Legolas prediciendo sus movimientos, había cronometrado las intenciones de Elladan con sus visitas al cuarto del capitán, y el mayor de los gemelos se había desistido más no rendido; y varias de sus mañanas o tardes pasaban en estos similares encuentros lejos de la vista de todos.

El beso continuó y continuó, y pronto ambos elfos tuvieron que separarse, jadeantes por falta de aliento. Elladan tenía el cuerpo de Legolas, más menudo que el suyo, presionado contra la pared, y el principito no parecía inquieto por ello. Una de las elegantes manos de arquero del principito estaban frotando calmantes caricias a la espalda del guerrero noldo, y su otra mano se mantenía enredada entre los abundantes cabellos de Elladan, mientras este descansaba su frente en la del príncipe.

“Cuando, Legolas. ¿Hasta cuando me tendrás así?” Preguntó Elladan, mientras trataba de normalizar su respiración, aún mientras su cuerpo se frotaba lentamente contra el del joven elfo.

El Dorado Príncipe soltó una entrecortada risita, mientras sus manos volaban a las caderas de Elladan para detener sus excitados movimientos. “Ya sé lo que quieres, Elladan. Al fin lo he visto.”

Sorprendido, Elladan se alejó un poco para mirar mejor a los ojos de un sonriente elfito. “¿Qué no he sido obvio? Debo de estar perdiendo mi tacto, porque pensé que fui lo suficientemente claro estos últimos varios días al decirte que quería tu compañía en mi cama.”

Esta vez la risa de Legolas se hizo escuchar más fuerte y cristalina, mientras el joven elfo colocaba ambas manos en el pecho de su amigo y empujaba ligeramente. Elladan retrocedió sin protesta. “De eso he estado seguro hace varias semanas, meldir. Más no entendía porque un elfo como tú, que prefiere la dulce compañía de las ellith, quiere de vez en cuando la compañía de un ellon. Y hasta ahora lo he entendido.”

Levantando una oscura ceja, como su padre mismo haría, Elladan retrocedió unos pasos hasta apoyarse contra una mesa cercana. “Y ruego me cuentes, ¿Qué has entendido?” Preguntó curioso y un tanto confundido.

“Nuestras ellith son hermosas, las más bellas de nuestra gente. Yo las aprecio y las reverencio como las dadoras de nuestra vida y el fértil campo de nuestra simiente. Con todo también aprecio y disfruto de los ellyn, fuertes y vitales. Algunos prefieren a las doncellas, algunos a los elfos, yo no tengo preferencias, no me inclino hacia uno u otro género y disfruto de ambos por igual. Pero tú mi amigo peredhel prefieres a las doncellas, te he visto halagarlas, cortejarlas, conquistarlas, siempre en control, siempre el vencedor.” Poco a poco, mientras hablaba, Legolas se fue acercando al gemelo, hasta tener su cuerpo apoyado contra el suyo, efectivamente atrapándolo entre él y la mesa.

Elladan había visto el brillo en los ojos del príncipe, y sin darse cuenta su respiración se había acelerado de nuevo, y cuando su cuerpo llegó de nuevo en contacto con el de su amigo, sintió un eléctrico estremecimiento recorrer todos sus miembros, chispeando el fuego en sus bajas regiones de nuevo. “¿Y que has concluido de todo lo que has entendido?” Y aunque su voz parecía calmada, al final sus palabras temblaron un poco.

Legolas sonrió con superioridad, levantando una delicada mano para, con un solo dedo, acariciar la altiva mejilla de Elladan. La excitación de su amigo la había sentido en su cuerpo mismo. “El conquistador quiere ser el conquistado, el vencedor quiere ser el vencido. Tú, mi oscuro peredhel, quieres rendir totalmente el control, entregarlo a alguien a quien confías.” Acercándose más, pegando su pecho al de Elladan, Legolas susurró en un delicado oído. “Quieres rendirte a mí, Elladan. Quieres ser dominado por mí.”

Las manos de Elladan fueron esta vez las que volaron a las caderas de su amigo, pero más para afirmarse él mismo, que para inmovilizar los movimientos del otro elfo. “¿Y si te digo que te equivocas, dulce príncipe?” Su voz trató de tomar la firmeza que utilizaba con los más jóvenes e indisciplinados guerreros, más su timbre era un poco más alto de lo acostumbrado, siendo fácilmente detectado por agudos oídos.

El Dorado Príncipe retrocedió varios pasos y giró para partir, una satisfecha sonrisa iluminaba su rostro, mientras sus pasos tomaban un nuevo bote. “Igual me verás estas noche en tu cuarto, Elladan. Después de la cena espera mi llegada.”

Haciendo su camino a través de la puerta del desocupado cuarto, y dejando a Elladan sudando levemente y con una gran erección detrás, Legolas meditó en lo que le esperaba esta noche. Tan concentrado estaba en sus pensamientos el elfito que no vio un par de ojos grises que habían visto toda la escena desde uno de los grandes ventanales, y estaban siguiéndolo con una indescifrable mirada mientras lo observaban retomar su camino hacia la Sala del Fuego.

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La voz de Celebrian resonó en el salón mientras se hacía escuchar por su joven huésped en la mesa de la comida del mediodía. La Señora de Imladris hablaba de su júbilo al ser la exaltada madre de la Estrella de la Tarde, nombrada así por los mismos elfos.

Y Legolas estaba intrigado.

Siempre desde que escuchó a los gemelos hablar de su hermana Arwen, Legolas había querido conocerla. Y había esperado hacer justamente eso en este viaje, sin embargo como su visita al valle no fue prevista por los elfos de Imladris, nadie pudo retrasar el viaje de la bella Undomiel hacia la tierra de los parientes de su madre. Y Legolas se sintió decepcionado.

Pero ahora la Señora de Imladris hablaba de su hija como si fuera Luthien la bella renacida, y eso era lo que se rumoreaba en todos los reinos élficos. Cuando los gemelos le habían hablado de su hermana, había sido con cariño y fastidio de hermanos mayores, claro sin dejar de lado las cualidades de Arwen, quien después de todo era la hermana menor de los hijos de Elrond. Con todo ahora, de la plateada lengua de Celebrian, Legolas descubría otro aspecto de Arwen peredhel, y era la sencillez junto con el refinamiento y las perfecciones de un ser nacido para ser leyenda. Claro que el pobre elfito estaba oyendo a una madre excesivamente orgullosa y amorosa de las dotes de su hija, y con todo Legolas escuchaba embelesado, y su corazón ansiaba conocer pronto a la Estrella de la Tarde.

En su juvenil imaginación, el principito se veía enamorado de la bella doncella cuando la viera por primera vez, y después felizmente casado y con el tiempo orgulloso padre de muy hermosos elfitos. Sueño interrumpido por los molestos bufidos de Elladan, quien hacía extraños sonidos cada vez que su madre volvía a resaltar los atributos de su hermana, los cuales eran acompañados de los exasperados suspiros de un padre quien no veía el fin de la narración de su esposa, quien parecía compartir la imaginación del elfito ya que la Señora de Imladris tenía un extraño brillo en los ojos, cosa que ya empezaba a preocupar al Señor del Valle.

Elrohir permaneció silencioso durante toda la conversación, dejando a su padre y su hermano arreglárselas con su madre de la mejor manera posible; solo de vez en cuando compartiendo breves y acertados comentarios con Erestor, quien a su vez, como de costumbre, mantuvo su paz. Glorfindel tuvo que asfixiar varias veces su diversión en el transcurso de toda la comida.

Más tarde, al terminar la comida del mediodía, cuando Legolas pidió acompañar al consejero a la biblioteca para una sosegada tarde en la equilibrada compañía de Erestor, este se había excusado, diciendo que tenía otras obligaciones que atender. Cosa que le resultó rara al elfito, ya que hace varios días que no gozaba de los serenos coloquios con el consejero de Elrond, y de verdad los extrañaba; y hace varios días también ya de esas otras obligaciones. Si el joven príncipe supiera mejor hubiera dicho que Erestor lo rehuía, pero como no había ningún motivo para eso, solo pensó que eran imaginaciones suyas.

Y así fue como lo halló Elrohir, en uno de los cómodos sillones de la biblioteca con un pesado volumen en su regazo. Tan concentrado estaba Legolas en el libro que no notó por varios momentos que era observado. Más cuando una aclaración de garganta de Lindir, quien en esos momentos caminaba por el pasillo que daba a la gran biblioteca, lo sacó de su concentración recibió a su amigo con una sonrisa en el rostro y lo invitó a sentarse a su lado; cosa que fue observada por Lindir, quien siguió su camino con una satisfecha sonrisa en su delicado rostro.

Disimuladamente Elrohir observó a su joven amigo silvano, mientras cogía un libro y se disponía a acompañar al elfito en la tranquilidad de la tarde. Vio como en el rostro del joven príncipe se pintaba la concentración, y sus delicadas facciones se relajaban, solo para debes en cuando mostrar sutiles reacciones que reflejaban sus pensamientos sobre los pasajes que leía en el tomo a mano. Fingiendo leer, los grises ojos del menor de los gemelos examinaron la juvenil belleza de su amigo, la caída de la sedosa cabellera, las oscuras pupilas que se movían a través de las palabras, los bien delineados labios que de vez en cuando eran humedecidos por una rosada lengua, y que ahora se encontraban levemente entreabiertos en ligero asombro por la lectura.

Sus pensamientos confusos, y más así sus sentimientos, Elrohir observó todo esto y más en solo cuestión de minutos sin prestar la más mínima atención al libro que había escogido para leer y se encontraba abierto entre sus manos.

Elrohir los había visto en un salón cerca de los pasadizos de la espalda de la casa. Los había visto, a su hermano gemelo y a su joven amigo silvano, involucrados en un deliberado juego de seducción, y ocupados en ardientes besos. Él había observado hasta el final, pero por más que había tratado no había podido escuchar ni una palabra de lo que había sido dicho entre ellos, y sólo por lo que había transpirado en ese pequeño salón en la parte trasera de la casa, Elrohir se había dado cuenta de que no era la primera vez que pasaba, y tal vez no sería la última.

La visión de ellos dos juntos, había despertado extrañas sensaciones en su interior, y sentimientos sobre los que le daba temor meditar, y peor aún, esclarecer. Su corazón hablaba sobre urgentes asuntos, más su mente clamaba sobre otros, y Elrohir cerraba sus oídos a los dos ya que lo confundían más de lo que ya estaba, y el menor de los gemelos de Elrond decidió no cavilar más en eso.

Y sin embargo no podía menos que preguntarse que tramaba Elladan, ya que su hermano era renombrado amante de bellas doncellas, y muy rara vez de elfos; y eran contados con los dedos de una mano loa amantes masculinos que Elrohir le había conocido a su hermano, y no pasaban de un día, en ocasiones más raras dos.

Ojos azules color cielo hallaron los suyos, y en su sorpresa al verse atrapado mirando fijamente como un elfito Elrohir soltó lo primero que se le vino a la mente. “¿Qué lees con tanto afán, mi príncipe?”

Legolas alzó completamente el rostro que tenía inclinado sobre el libro, y miró a su amigo, quien se le antojaba con una conducta extraña esta tarde. “La historia de los hijos de Feanor, de Maglor el bardo en estos momentos.”

Elrohir sonrió benignamente. Era un rasgo encantador de su joven amigo la sed de conocimiento que parecía aquejarlo. “Veo que te gusta leer sobre los Noldor, malthernil.” Preguntó con risa en su voz.

Sin embargo Legolas fue serio cuando respondió. “En mi hogar hay poco de la historia de nuestra gente y casi nada de los Noldor; y veo aquí la misma carencia sobre mis antepasados silvanos. Debo aprovechar mi permanencia aquí, y no solo por la diversión.”

“No fue mi intención menospreciar tu interés por mi gente, Legolas. Solo aligerar un poco la gravedad de la tarde en tu compañía.” Suspiró Elrohir, recostándose un poco más sobre el respaldar de su asiento.

Dulce risa se escuchó al fin, Legolas mirando a su oscuro amigo con chispas en sus ojos. “Y fue mi intención ver hasta donde mi querido amigo Elrohir iría en su extraño humor.”

Dándose cuenta que había sido burlado, Elrohir estaba a punto de rebatir cuando ligeros pasos atrajeron la atención de ambos elfos, y girando, ambos elfos, sus ojos hacia la entrada de la biblioteca vieron la figura de Erestor entrar con pasos firmes y mirada sobria.

Al ver que la biblioteca no estaba desocupada los pasos de Erestor aminoraron su velocidad, y con un leve gesto de su oscura cabeza a los dos elfos que ocupaban el recinto, se apresuró hacía un estante para recoger un libro y dar la vuelta para retirarse por donde vino.

Le voz de Legolas lo detuvo. “¿No leerás aquí y disfrutar de la tranquilidad de la tarde, Erestor?” Su voz parecía ansiosa, y sus ojos miraban al consejero con un tinte de súplica.

“Solo vine a buscar este libro, joven príncipe. Otra tarde será la que disfrute en tu compañía.” Y sin más el elfo mayor partió dejando a los otros dos y los libros.

Legolas suspiró al ver como se alejaba el consejero, sus ojos un poco tristes y con todo brillaban de curiosidad. “En algo lo he ofendido,” sus grandes ojos azul cielo giraron para mirar a su amigo, “y lo peor es no saber que he hecho mal.”

Sorprendido, Elrohir contempló la inquieta postura de su joven amigo. “¿A que te refieres?”

“De un momento a otro Erestor comenzó a evitarme, y eso solo puede significar que lo he indispuesto.”

Y Elrohir sabía que Legolas tenía razón, porque el consejero de su padre era una de las personas más equilibradas que conocía, y no era de carácter inconstante. Y con todo no podía pensar como el joven príncipe podía haber llegado a ofender a Erestor, quien aparentemente siempre actuaba como si nada le importara, y menos aún algo que logre hacer que dicho consejero rehuya a una persona. “¿Discutieron acaso? ¿Tal vez sin pensarlo ofendiste a sus parientes? Sé que los elfos Sindar no opinan altamente de los Noldor.”

Legolas sacudió enérgicamente su dorada cabeza. “No, Elrohir. Nunca podría hacer eso. No soy nadie para juzgar y menos aún tirar escarnios sobre una persona y menos aún una entera casta de nuestra gente.” Su ojos pensativos, el principito miró contemplativamente hacia la puerta por donde había salido el consejero de Elrond no mucho antes, luego giró su azul mirada hacia su amigo de nuevo. “Me trata amablemente como siempre cuando nos encontramos, más ahora parece que siempre tiene prisa por dejar mi lado, donde antes nos sentamos en cómodo silencio, y más aún teníamos quedas conversaciones.” Soltando un exasperado suspiro, el joven elfo inclinó su dorada cabeza hacia el tomo en su regazo. “No sé en que le he ofendido.” Murmuró en voz baja.

Y Elrohir tampoco podía entender entonces a que se debía la extraña actitud de Erestor, quien nunca había hecho nada extraño en su vida, o al menos la parte de su vida que conocía Elrohir. Colocando una elegante mano en uno de los hombros de su joven amigo, le dio un pequeño apretón en ánimo, pero interiormente se prometió a sí mismo que averiguaría que había perturbado al consejero, si solo para la paz de mente del Dorado Príncipe.

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La luna llena brillaba alta en el cielo y sus rayos iluminaban con plateada luz todo el valle de Imladris.

Grandes ventanas entreabiertas dejaban pasar una ligeramente fría brisa de la estación, y la luz de luna penetraba abundantemente sin permiso y con derecho en la habitación, única luz alumbrando de manera argentina los objetos y en especial la cama, alta y ancha, que era la más llamativa decoración de estas cámaras.

Las cámaras de un hijo de Elrond.

Elladan observaba a través de sus entreabiertas ventanas a Ithil viajando por el cielo, como Tilion conducía la barca de la luna en la incansable persecución por su amada Arien quien siempre parecía estar fuera de su alcance. La hermosa danza del maia encargado de la última flor de Telperion, y como esta noche su barca resplandecía completamente brillando sin par en el cielo nocturno.

Y con todo la mirada del mayor de los gemelos de cuando en cuando saltaba hacia la puerta de su habitación.

Elladan se había retirado temprano esta noche, antes de que los elfos pasaran, después de la cena, a la Sala del Fuego para contar historias como era costumbre en la Casa de Elrond.

Se sentía inquieto y a la vez anhelante. La promesa hecha por su joven amigo aún sonaba en sus oídos y estaba grabada profundamente en su mente. Nunca nadie le había hablado así. Nunca nadie le había prometido lo que el joven príncipe había pronunciado. Nunca, en todas sus centurias de vida, había deseado algo como lo que el joven príncipe había ofrecido.

Y todo eso lo desconcertaba.

Sabía que el amor físico de un ellon con otro ellon era más vigoroso que el de un ellon y una elleth. Él mismo lo había disfrutado en más de una ocasión en sus dos milenios y medio de vida, con todo nunca había sido su prioridad ni estaba en sus gustos descubrir más de lo que dos ellyn, o más, pudieran hacer en una cama, o en cualquier superficie plana por ese asunto.

Y con todo ahora la promesa de un ellon, y en especial de un amigo en quien confiaba plenamente, de mostrarle lo que había más allá del simple acto de fusión de cuerpos en físico amor lo intrigaba y lo atemorizaba. Lo intrigaba porque era algo que a pesar de reticencias estaba curioso por conocer, más nunca había confiado en alguno. Después de todo él era un hijo de Elrond, y aunque no en nombre era príncipe de Imladris. Y lo atemorizaba porque temía encontrarle una afición a algo que iba contra de la naturaleza de su amor por el dulce género de su gente.

Más ideas daban vueltas por su inquieta cabeza, cuando sus agudos ojos detectaron movimiento; la puerta de su habitación abriéndose silenciosamente, sin ningún anuncio, para dar paso a una familiar figura dentro de la cámara.

El Dorado Príncipe había llegado.

Legolas atravesó la puerta sin permiso, cerrándola y asegurándola hábilmente detrás de él, y con paso seguro y firme se paró en medio del cuarto, la plateada luz entrando por la ventana cayendo sobre él como un manto de mithril, prestándole una cualidad etérea que adquiriría sin ayuda al paso de las centurias. Sus ojos parecían centellear como dos encendidas antorchas mientras Elladan quedamente giraba de la ventana para mirar de frente a su joven amigo.

Varios momentos pasaron mientras ambos elfos parecían medirse el uno al otro, y sin embargo ninguno parecía dispuesto a romper el silencio de la noche, donde solo el lejano sonido de las caídas de agua podía ser escuchado con alguna claridad.

La mirada del joven príncipe se desvió hacia la cama que dominaba el cuarto, y Elladan aprovechó esa leve tregua para dirigirse a su amigo. “Lego...”

“Silencio.” Los ojos azules volvieron a establecerse sobre el hijo de Elrond.

La boca del mayor de los gemelos se cerró con un audible sonido, los ojos grises de Elladan amplificándose levemente en sorpresa y confusión. La voz de Legolas no había sonado como una petición, o el comienzo de una conversación entre amigos. Había sonado como la voz de un capitán instando obediencia en su gente, firme y segura, y con todo la voz de su joven amigo no había aumentado en volumen, solo el matiz de mando fue aplicado sutilmente.

Y extrañamente Elladan se sintió compelido a obedecer.

Parado como estaba a unos pasos de la ventana, de espaldas a esta, Elladan observó como su joven amigo se acercaba a él, sus movimientos gráciles y cadenciosos, y no obstante había una extraña aura que rodeaba al principito. Éste no era el elfito juguetón y alegre que pasaba los días en Imladris entreteniendo a sus habitantes con su rápido ingenio, y en otras atormentándolos con descaradas bromas unido por los hijos de Elrond. Éste elfo, ahora parado frente a él y mirándolo con una extraña luz en los ojos, era un rey entrando con confianza y derecho a un lugar que le pertenecía, y acostumbrado a tener todo hecho a su manera.

“Eres hermoso, peredhel.” Elladan sintió un crudo estremecimiento recorrer su cuerpo ante la voz y el leve toque de dedos en su mejilla. Y no pudiendo resistir la penetrante mirada en los ojos de Legolas, que lo miraba como si de un objeto de incalculable valor se tratara, sus propios ojos bajaron para mirar el pecho del príncipe en vez.

Los dedos dejaron su rostro, y Elladan inmediatamente extrañó el calor del contacto, más sus ojos vieron el cuerpo en frente de él empezar a moverse a un lado. Legolas empezó a caminar a su alrededor lentamente, y el hijo de Elrond se sintió como un joven potro en el mercado examinado por su futuro dueño quien estaba tasando su valor para saber si comprarlo o no.

Elladan intentó sacudir su cabeza para romper el extraño hechizo que su joven amigo había tejido sobre él, después de todo el elfo silvano era solo un elfito todavía, aunque ya pasado su mayoría; pero el hijo de Elrond era su mayor por casi dos milenios y medio. La mente de Elladan peleó, y su espíritu y orgullo de Peredhil surgió de él, y cuando iba a levantar la cabeza y a demandar una explicación a esta extraña charada, sintió delicados dedos en su mentón levantando su rostro, y vio dos cálidos ojos azul cielo estimándolo sonrientemente.

“Confíame.” Fueron las susurradas palabras de su querido amigo, y con un suave roce de labios sobre los suyos lo tuvo de nuevo bajo su hechizo, que esta vez fue lanzado más fuertemente y Elladan estaba seguro que no iba a desear librarse de el.

Los dedos dejaron su mentón, y Legolas le dio la espalda para alejarse uno pasos y girar de nuevo, y cuando volvió a mirar a Elladan otra vez el elfito había desaparecido. El dorado elfo lo miró hasta que Elladan tuvo que bajar la mirada de nuevo, contemplando el piso y las botas de cuero del otro elfo en la habitación con él. Su cuerpo se sentía extrañamente tenso, y con todo fue una sorpresa para él darse cuenta que estaba excitado, su miembro duro y despertado encerrado dentro de sus pantalones que se habían hecho de súbito muy apretados.

“Desvístete.”

Esta vez la orden no sorprendió a Elladan, pero se encontró desacostumbradamente tímido mientras llevaba ambas manos a sus broches, y sintió sus dedos teniendo un poco de dificultad desatando la unión de sus ropas. Con lentos y pausados movimientos, más por el nombre de la eficiencia que el exhibicionismo, Elladan dejó prenda tras prenda caer a sus pies, hasta que se encontró completamente desnudo bajo la apreciativa mirada de su amigo, ahora su subyugador.

“Acércate y arrodíllate ante mí.”

La mente de Elladan se rebeló instintivamente ante la orden. El hijo de Elrond siempre había obedecido el comando de sus capitanes en el campo de batalla, en especial Glorfindel, pero nunca se había sometido a alguno de la manera ahora pedida a él. Nunca se había humillado ante nadie, y su sangre hirvió en sus venas en sublevación.

Su mente peleó contra su cuerpo. Su renuencia a hacer lo que el príncipe pedía de él, contra la excitación de su cuerpo ante la manera que su amigo se desenvolvía, tomando el control de la situación.

Varios momentos pasaron, y ni un solo sonido salió de la boca de Legolas, mientras era evidente que Elladan estaba ocupado en una lucha interior que podía cambiar el rumbo de la actividades de la noche. A los ojos del joven príncipe afloró la incertidumbre. << Tal vez he pedido mucho en tan poco tiempo. >> se dijo, mientras su inquieta mirada observaba la desnuda figura de su amigo, quien sin darse cuenta, aún en su conflicto interno, mantenía sus ojos bajos y brazos dócilmente a sus lados en actitud pasiva. Con todo mientras la mirada del principito bajaba por el bien definido cuerpo del hijo de Elrond, una traviesa sonrisa se dibujó en sus labios al posar sus ojos sobre el orgulloso y largo miembro del peredhel, erecto y duro, en medio de su oscuro nido de rizos en la entrepierna del elfo.

Las sensaciones ganaron la batalla sobre la razón, el ansía de sentir algo nuevo pudo más que el respeto por su posición, y con todo Elladan reflexionó que era Legolas quien estaba frente a él, y no algún otro elfo desconocido; sino un joven príncipe silvano que se había hecho querido a él y a su familia a pesar del poco tiempo que llevaban de conocerlo. Si había confiado a Legolas con su vida en el campo de batalla frente a orcos y huargos, bajo los árboles del Bosque Negro, ¿Acaso no podía confiarle con su cuerpo y satisfacción? Y además, ¿No había estado soñando con tener al principito en su cama por ya varias semanas? Claro que esto no era exactamente lo que había tenido en mente, pero no podía negar que era estimulante.

Apenas el joven príncipe pudo reprimir un sonido de sorpresa cuando vio a Elladan avanzando hacia él, deteniéndose solo a un paso y elegantemente dejándose caer a sus rodillas. Legolas suspiro interiormente en alivio, ya que no había estado seguro de que su amigo haría lo que él había pedido, y sin embargo aquí estaba, contando solo media centuria de vida y con uno de los elfos más orgullosos que había en los tres reinos élficos arrodillado a sus pies en sumisión.

Las manos de Legolas fueron rápidamente a la oscura cabeza del elfo frente a él, y con ágiles dedos deshizo las trenzas que sujetaban los negros cabellos, dejando caer las sedosas hebras sobre los hombros y la espalda en una artística y ondeada cascada.

“Buen elfo.” Elogió con una caricia a los largos cabellos ahora sueltos.

Otra vez un agudo estremecimiento recorrió el cuerpo de Elladan, y sus mejillas se tiñeron de rojo al escuchar las palabras de encomio en la dulce lengua de su joven amigo. Pero lo que más le sorprendió fue el extraño placer que sintió al haber ganado la aprobación del elfo que lo tenía a sus pies, su miembro erecto hinchándose más entre sus piernas en acuerdo; y sintió la inusual necesidad de complacer al otro elfo en lo que quisiera.

Otra vez sus pensamientos estaban en desorden. Lo que él conocía y lo que estaba pasando eran dos caminos distintos que nunca se habían entrecruzado hasta este momento.

Fue con un sobresalto que se dio cuenta de que ahora no podía ver. Una venda de terciopelo cubrió sus ojos y las delicadas manos de su amigo estaban sujetándola detrás de su confusa cabeza.

Una mano sujetó uno de sus brazos y lo alzó a sus pies sin problemas, y su cuerpo fue guiado en la dirección donde él asumió se hallaba su cama. Se detuvieron, y las rodillas de Elladan rozaron la suave cualidad de sus mantas.

“Sube.”

Esta vez la orden fue suave, pero dada con la misma firme voz que conminaba ser obedecida, y Elladan con ayuda de las manos de Legolas guiándolo subió a su propia cama, quedando arrodillado en el medio con sus manos apoyadas en la cabecera de madera. La posición se le antojo desvergonzada, más aún cuando no podía ver el rostro de su amigo y así leer las intenciones del otro. Y no obstante todo era claro. << Me va a poseer desde atrás. >> Elladan pensó, y el calor volvió a inundar sus mejillas. Quien no conociera al hijo de Elrond, hubiera dicho que era un elfito a punto de perder su castidad.

Su cuerpo entero tembló al sentir suaves ataduras uniendo sus manos a la cabecera de su cama, y al sentir que el otro elfo se alejó un poco, jaló sus manos para probar los amarres. Sus manos estaban efectivamente unidas, y aunque las ataduras no lastimaban sus muñecas debido a la suavidad del material, Elladan estaba indudablemente sujeto hasta que el otro elfo quisiera devolverle su libertad.

Y esa conclusión hizo que una nueva ola de excitación recorriera su cuerpo de cabeza a pies.

Suaves manos ejerciendo presión en la cara interior de sus muslos hicieron que amplificara su estancia, sin darle mayor pensamiento Elladan dejó sus rodillas deslizarse más a los lados, así develando sus más íntimo lugar a la implacable mirada del otro elfo.

Un dedo comenzó una ligera caricia, empezando en la base de su cuello, siguiendo la sensitiva trayectoria de su espina, continuando por la hendidura separando sus mejillas traseras tocando fugazmente la entrada a su cuerpo, y terminando donde nacían los saquillos de carne que contenían su simiente. Su espalda se arqueó agudamente, la sensación del tenue contacto elevado por la falta de visión y su restricción, Elladan soltó un pequeño sonido de placer.

El toque ido, la presencia del otro ya no a inmediato alcance, el hijo de Elrond agudizó sus oídos para tratar de discernir lo que seguiría, su cuerpo aún cosquilleando por la mezquina caricia dada su cuerpo.

Sonidos de ropas cayendo al piso llegaron a sus receptivos oídos, el pensamiento de Legolas desnudándose, despojando capa tras capa de ropa de su blanca piel, dejó su cuerpo hormigueando en deseo. Sin darse cuenta, Elladan separó aún más sus rodillas, dejando libre acceso hacia el interior de su cuerpo.

“Cuantos darían por estar en mi lugar en este momento, peredhel.” La voz de Legolas sonó estable, pero los agudizados oídos de Elladan detectaron un matiz de excitación tiñendo las sugestivas palabras. Elladan alzó lentamente su cabeza, no se había dado cuenta que la había dejado caer a su pecho entre sus estirados brazos.

“Si pudieras ver lo que ven mis ojos.” La voz continuó, y el mayor de los gemelos se dio cuenta de que provenía del pie de la cama. Mordiéndose los labios para no soltar un gemido, Elladan se sonrojó acaloradamente al pensar en lo que el joven príncipe debía de estar viendo. “Tu piel exuda deseo, Elladan. Y tu cuerpo esta tan hermosamente dispuesto y rogando ser tomado por cualquiera que quisiera tenerte.”

Su cuerpo vibró en deseo ante las palabras como si hubieran sido apasionadas caricias en su carne. Su espalda se arqueó inconscientemente, en efecto ofreciéndose para saciar la pasión de su subyugador u otro elfo que lo deseara. Su mente, ahora nublada por su elevado excitación, no le importaba a quien rendía su cuerpo.

Una pequeña risita burlona se escuchó en la habitación, más a Elladan no le hubiera importado ahora si todo Imladris venía a reírse a sus cámaras. “Me dejarás hacer lo que quiera contigo, peredhel. Serás el recipiente de mi lujuria, y tomarás todo lo que yo desee darte.” Elladan respondió con un necesitado gemido que no pudo asfixiar, y su cuerpo tembló en ávido deseo al sentir como la cama se hundía detrás de él.

“¿Hace cuanto tiempo no has sido tomado, Medio Elfo?”

La pregunta era simple suficiente, y con todo Elladan tuvo dificultad en responderla. “Más... más de dos... centurias.” Alcanzó al fin, entre jadeos de necesidad, al sentir suaves manos abriendo sus nalgas, y dos dedos probando la entrada a su cuerpo.

“Ya es tiempo entonces, y me sentirás mucho tiempo después de esta noche. Marca mis palabras.” Y sin demorarse un momento más, una columna de dura y caliente carne lo penetró poderosamente, arrancando un ronco grito de dolor de su garganta ante la vigorosa entrada, mezclado con placer al herir su punto de placer en su interior.

El elfo detrás de él se detuvo al estar profundamente incrustado en su cuerpo. Los suaves rizos rodeando la base del miembro del otro cosquilleando su secreta entrada que estrechaba al mismo miembro empalándolo.

Manos acariciaron sus caderas y sus flancos, suavemente subiendo por su pecho siguiendo sus brazos, hasta llegar a sus manos, que agarraban apretadamente la cabecera, si Elladan hubiera podido ver sus propios dedos estaba seguro de verlos crispados y exangües.

“Me aprietas tan deliciosamente, Elladan.” Ronroneó una seductiva voz en su oído, manos estrujando más las suyas contra la cabecera de madera, antes de soltarlas y afirmarse a uno y otro lados de sus agarrotados dedos.

El otro elfo empezó a rotar sus caderas, moviendo el duro e hinchado miembro dentro de su sensitivo pasaje interno, frotando sin fricción sus tiernos muros de carne, arrancando gemido tras gemido de lascivia de la boca de Elladan. “Más...” pidió decadentemente. “Más... por favor.”

“Como desees.”

Las manos afirmadas al lado de las suyas dejaron la cabecera, y se situaron en sus hombros con un sólido agarre, y Elladan sintió como el largo y duro miembro en su interior abandonaba su cuerpo lentamente hasta que solo la hinchada cabeza quedaba estirando su pulsante entrada. A punto de protestar, pensando que su subyugador se iba a retirar completamente de su cuerpo, Elladan sintió las palabras ahogarse en su garganta al sentir una dura embestida penetrándolo y robándole el aliento.

Apoyando sus manos más seguramente al lugar donde estaban amarradas, el hijo de Elrond se sometió a la lujuria del otro elfo, recibiendo y aguantando todo lo que el príncipe tenía para dar, no pudiendo escapar, ni queriendo, al sentir su cuerpo jalado hacia los potentes empujes atacando el interior de su cuerpo.

Una y otra y otra y otra vez su cuerpo fue empalado sin misericordia, sus gritos, gemidos y jadeos, acompañando los sonidos de carne chocando contra carne en un primitivo acto más parecido al de dos animales en celo que a dos seres de la noble raza de los elfos. No pudiendo ver y solo sintiendo, las sensaciones en el cuerpo de Elladan estaban centradas en la abertura y el canal por donde el otro elfo lo penetraba interminablemente, mandando choques eléctricos a su cerebro cada vez que su punto de placer era repetidamente y ferozmente golpeado.

No pudiendo soportarlo más, y con un silencioso grito de excesivo placer Elladan alcanzó su pináculo, derramando su esencia sobre sus mantas, sus rodillas colapsando a la cama, su abrumador clímax dejándolo sin fuerzas. El otro elfo lo siguió abajo, y en la embarazosa posición del hijo de Elrond aún amarrado a la cabecera, colgando de sus manos, continuó penetrándolo sin piedad buscando su propia satisfacción.

“No... más...” alcanzó a gemir débilmente Elladan, al sentir su sobre sensitivo pasaje aún recibiendo las ardorosas embestidas del otro, en un punto donde el placer se vuelve dolor.

“Sólo... un... poco... más...” Legolas jadeó, puntuando cada palabra con un vigoroso empuje siendo acogido por un correspondiente pequeño grito del elfo debajo de él, y en el quinto empuje que siguió derramando al fin su simiente dentro del cuerpo del cansado elfo, quien agradeció silenciosamente a Elbereth por el alivio de su joven amigo, ya que no creyó que resistiría mucho más.

Aún con los estremecimientos de su éxtasis sacudiendo su cuerpo, Legolas se apresuró a desatar la manos de su amigo, fugazmente examinándolas por algún posible daño, y rápidamente jalando hacia atrás las mantas para acomodar a Elladan bajo ellas, y acurrucándose como el elfito que era al lado de su amigo, tapándolos a ambos.

Al cabo de un rato la voz de Legolas se escuchó en la habitación. “¿Estas bien?”

Aún jadeando un poco, Elladan respondió. “Dame un momento más.”

Y el joven príncipe, apoyado en un codo mirando a su amigo, sonrió en la ironía de que hace solo un poco rato atrás, él era quien pedía un momento más y Elladan no.

Pasó un poco rato antes de que la voz de Elladan fuera escuchada de nuevo. “¿Podrías quitarme la venda de los ojos ahora, Legolas?”

Sonrojándose profundamente en embarazo, ya que no se había dado cuenta de que el pedazo de fina tela seguía cubriendo los ojos de su amigo, a pesar de estar mirándolo a la cara, Legolas se apresuró a retirar la venda de terciopelo de los ojos grises. “Lo siento.”

Con una despreocupada risita, Elladan giró en su lado para observar a su amigo y amante. “Pues yo no. Me siento más relajado de lo que me he sentido en centurias pienso.”

“Sabía que era eso lo que necesitabas, Elladan. ¡Lo sabía!” Exclamó Legolas entusiastamente, mientras una enorme sonrisa afloraba a sus labios.

Alzando una oscura ceja, Elladan miro fijamente a su amigo. “Y ruego me cuentes, malthernil. ¿Cómo exactamente sabías que era lo que necesitaba, y donde en Arda aprendiste todo eso?”

Soltando una sonora risita, Legolas se dejó caer a su espalda fijando su vista en el techo, metiendo una de sus manos detrás de su dorada cabeza. “Hay un elfo en mi hogar, que fue mi amante por el tiempo de más o menos un mes, hará ya hace poco más de dos años, justo antes que tu y Elrohir último visitaran nuestro bosque.” Girando su cabeza para ver a su amigo, lo miró con chispeantes ojos antes de volver su mirada al poco interesante techo. “Él me enseñó todo lo que sé sobre esta recreación de dominación que se juega en el dormitorio. Y créeme cuando te digo que lo que hicimos esta noche es algo sumamente simple en comparación a lo que él sabe y lo que hicimos él y yo el tiempo que estuvimos juntos.”

Esta vez quien se incorporó en un codo fue Elladan, para mirar mejor el delicado rostro de su amigo mientras hablaba. “¿Quién es este elfo? ¿Lo conozco?” Preguntó Elladan, algo preocupado sobre a lo que había sido expuesto su joven amigo a tan tierna edad, ya que lo que hicieron no le pareció algo simple. La experticia con que lo manejó el principito, fue digno de un general que comanda ejércitos a su sola voz.

“Tal vez,” contestó evasivamente Legolas, ya que él tomaba muy en cuenta y respetaba la privacidad de los demás, y la suya propia. “Basta decir, que él es un elfo respetado entre mi gente, y un excelente y valiente guerrero y guía infaliblemente una de las más arriesgadas patrullas en mi hogar.” Metiendo su otra mano bajo su cabeza, Legolas continuó. “Siempre me pareció un hermoso elfo, y él me persiguió hasta que accedí a ser su amante, la verdad es que tampoco me hice de rogar.” Agregó con una risita. “Al principio todo ocurrió de... la forma normal,” el joven príncipe extrajo una de sus manos de detrás de su cabeza para ondearla delante de él y Elladan como si para aclarar lo que intentaba decir. “ Pero a la semana, me confesó que quería hacer más interesante nuestra... uhmm... relación.” Más movimientos de manos, Legolas giró sus ojos para ver a Elladan a ver si él elfo mayor le entendía. “Y ahí fue donde me confeso sus gustos, y me enseñó a dominarlo, ya que decía que al no tener el control, sentía como las cargas se deslizaban de sus hombros y se sentía liberado. Y como la curiosidad pudo más que yo, accedí gustoso. Solo hicimos este tipo de recreaciones tres veces, la primera siendo simple como la de hoy, y la última fue algo sumamente elaborado con muchos objetos para el juego. También lo intentamos girando los papeles, así que él me dominara, pero en las dos veces que lo intentamos no pude contener mi risa, y simplemente no funcionó.” Suspirando, Legolas giró su cuerpo de nuevo sobre la cama, quedando de lado y encarando a su oscuro amigo. “Fue divertido mientras duró, pero no es el algo que me guste como rutina, así es que lo llamamos a un alto, y de mutuo acuerdo paramos nuestros encuentros, y ahora él es solo un buen amigo mío.”

Elladan estaba sorprendido pero a la vez aliviado que esa experiencia no había dejado marcas en el exuberante espíritu de su joven amigo, y aunque Legolas había hecho un papel maravillosamente increíble tomando el control, no era algo que Elladan mismo deseara cada día, en especial con una elleth. Viendo una sonrisa queriendo formarse en los labios del principito, Elladan levantó ambas cejas en pregunta.

“Recuerdo que mi hermano me advirtió sobre... este elfo.”

“¿Tathrenlas?” preguntó sorprendido Elladan.

“Sí. Me dijo que no me acercara mucho a... él, ya que habían extraños rumores rodeándolo. Pero ahora estoy seguro que Tathren no tiene ni la más mínima idea a que esos rumores se referían.” Concluyó riendo alegremente, y Elladan jaló al riente elfito hacía su cuerpo para besar su suave frente.

“Por eso lo utilicé en ti, Elladan. Ya que te noté extrañamente tenso en los últimos días.”

“Estaba tenso porque cierto principito se escurría de mi alcance.” Dijo Elladan, juguetonamente mordiendo la delicada nariz del joven elfo, arrancando una divertida risita de este último.

“Hablo en serio, Elladan,” dijo el príncipe, tratando de contener su risa. “Tus ojos estaban extrañamente cansados, y me tomó todo este tiempo figurar que podría ayudarte. Aunque hubo momentos en que pensé que no funcionaría, tan seguro estaba que te ibas a levantar en indignación o reírte en mi cara.”

“Hubo muchos momentos en que lo pensé, y estuve a punto de rebelarme, pero nunca pasó por mi mente reírme de ti.”

“Y me alegro. Además tu mismo has dicho que no te habías sentido tan bien en centurias.” Razonó Legolas.

“Tal vez tienes razón, malthernil. Pero no me gustaría esto a cada momento.” Elladan miró fijamente a su joven amigo, tratando de hacer su punto.

“Oh no,” levantando sus manos ante él en negación, Legolas sacudió efusivamente su dorada cabeza. “A mi tampoco me gustaría, sino hubiera continuado viendo a... ese elfo.” Dijo Legolas, casi deslizando sin darse cuenta el nombre del misterioso elfo, mordiendo su lengua justo a tiempo. “A veces es divertido a veces no. Y las dos veces que lo he intentado con Annael en broma he recibido duros almohadazos en retorno.” Dijo Legolas soltando otra risita.

“Me alegro, y además tienes una muy sucia lengua para ser uno de los elfos silvanos conocidos por su dulce lengua, malthernil” Volviendo a situarse en su espalda, y jalando el cuerpo de Legolas con él, Elladan siseó a través de apretados dientes al sentir el peso de su amigo aplastándolo más sobre la cama, y haciéndole sentir agudamente cuan adolorido estaba en ciertas regiones donde no era común sentirse adolorido, al menos no para él.

“¿Estas bien, Elladan?” preguntó Legolas con una mirada de preocupación en sus delicadas facciones.

“Estoy bien, melethron... bien usado.” Dijo Elladan con risa en su voz, y cuando su joven amigo iba a protestar o a sentirse culpable por su dolencia, Elladan se adelantó, colocando sus dedos sobre finos labios para callar a su joven amigo. “Pero fue bien valioso, mi príncipe. Valioso cada momento de esto.”

Colocando un último beso en una suave y límpida frente, Elladan instó a su joven amigo a entregarse a los sueños élficos, ya que ambos bien lo habían ganado. Justo cuando sintió su conciencia deslizarse a la paz de los sueños de Irmo, oyó a su joven amigo añadir. “Y me demoré en llegar aquí porque fui a conseguir las ataduras de terciopelo al cuarto de costura de tu madre.”

TBC

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Nota

29 de Hriive – 19 de Diciembre
Ellith – Doncellas élficas
Ellyn - elfos
Tilion – maia conductor de la barca de la luna, a quien le fue encargada la última flor que dio Telperion, uno de los Dos Arboles de Valinor. A Arien, otra maia, le fue dado el último fruto de Laurelin, y ella conduce la barca del sol.
Malthernil – Dorado Príncipe.
Melethron – Amante.